Finalizada la primera semana de campaña, los candidatos continúan batiéndose en la arena electoral con todos los efectivos disponibles. Bien es cierto que la mayor parte del trabajo ya está hecho. Los meses previos han servido para que los colectivos con mayor peso en la elección (PDI y PAS) hayan recibido las visitas de los (entonces) precandidatos. En el extremo opuesto están los alumnos. Pese a que la campaña electoral propiamente dicha debería ser su momento más que el del resto de colectivos, la verdad es que ni aparecen ni se les espera.
¿Se han fijado en las fotos de los actos electorales de todos los candidatos? Pocos alumnos asisten y, los que lo hacen, son en su mayoría personas convencidas de antemano. Las reuniones electorales deberían estar plagadas de alumnos, pero no es así. Existen explicaciones para este absentismo. Aquellos que desde el Consejo de Estudiantes y desde las Delegaciones de Alumnos reclaman un mayor peso del alumnado en la elección deberían preguntarse por qué no han empezado por reclamar que se suspendan las clases cuando en su facultad o escuela tenga lugar un acto público de un candidato a Rector.
Tal vez no interese facilitar al alumnado su participación. Tal vez no interese que los alumnos puedan escuchar de primera mano lo que los candidatos han de decirles, las propuestas que tienen para ellos. Tal vez sea mejor propagar falsos rumores; desprestigiar al rival; agitar el fantasma del profesor cabrón que suspende sin miramientos porque a su lado tiene a un mefistofélico rector que lo apoya riéndole las gracias; ensalzar al rector angélico con su aspecto de buen pastor y su espada flamígera, que expulsará al profesor que osase suspender a un alumno; tejer una red que confunda al alumno hasta que, exhausto y mareado, deposite el voto del miedo en la correspondiente urna.
Así se han ganado elecciones en el pasado. Por un puñado de votos.
1 comentario:
Imagine que mañana comenzase el proceso de escoger un nuevo presidente (si ese es realmente el cargo) de una empresa tan popular como El Corte Inglés. Imagine que, en virtud de una democracia entendida desde la demagogia, los clientes de tal empresa tuviesen la capacidad de participar, con el peso que sea, en esa elección. Usted, como cliente, ¿asistiría a mitines de los candidatos explicando sus intenciones sobre la gestión de la empresa?¿Votaría, incluso? Yo, sinceramente, me sentiría fuera de lugar entre tantos empleados que mañana deberán seguir ahí, padeciendo o disfrutando de las medidas de su nuevo presidente mientras yo cojo mis bolsas y salgo por la puerta, y mi voto ha tenido como único efecto para mí la atención que me han dispensado los empleados de la empresa.
Obviamente, todos los "politicastros" (entendiendo como tales aquellas personas incapaces de ver la vida sin partidismos), generalmente de ideas fáciles, superficiales y políticamente correctas, se apresurarían a decir que es un gran logro de la democracia y a tachar de fascistas a quienes cuestionen la universalidad del voto (de este voto, no hablo del Parlamento de la Nación), pero la realidad, que es muy cabezona, dice que al final el voto del cliente no sirve para nada.
Por cierto, en las empresas tampoco eligen al presidente los empleados, sino el Consejo de Administración. El paralelismo que lo escoja cada lector como su entender le indique.
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