miércoles, 20 de febrero de 2008

¿Qué hacemos con el EEES?

La incorporación del sistema universitario español al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) ha dado comienzo con la presentación de las primeras titulaciones adaptadas a la evaluación de la ANECA. De ser aprobadas por el Consejo de Universidades, estas titulaciones comenzarán a impartirse en el curso 2008/2009.

La Universidad de Oviedo, al igual que la mayor parte del sistema público, no ha presentado ninguna propuesta. Sí lo han hecho gran parte de las Universidades privadas, acostumbradas desde siempre a competir por el alumnado.

Sabemos que el espacio universitario español está a punto de convertirse en un mercado libre, donde la oferta de títulos de prestigio, en los que los alumnos cuenten con recursos adecuados (buenos laboratorios docentes, accesos individualizados a computadores y a la red, grupos pequeños, atención personalizada…), se comerá a la oferta de títulos ramplones (aulas masificadas, clases teóricas camufladas de prácticas, un ordenador por cada 10 alumnos…).

¿Estamos preparados para impartir una docencia competitiva, una docencia atractiva? ¿Se ha dotado la Universidad Pública de los recursos necesarios? ¿Alguno de los partidos políticos que en estas fechas se disputan nuestros votos, se ha planteado cuáles han de ser estos recursos, los ha cuantificado y los ha comprometido? No. Habrá que “empezar con lo que se tiene”.

En el caso de la Universidad de Oviedo, se nos presentan dos alternativas: o logramos que a medio plazo se incrementen nuestros recursos de forma significativa, o dimensionamos la Universidad para que se adapte a los recursos de que disponemos. El problema radica en que tenemos una Universidad partida en dos (como poco).

Por una parte, están aquellas titulaciones en las que el número de admitidos o el tamaño de los grupos es tan elevado, que resulta imposible impartir una docencia de calidad. Aquellas en las que los recursos disponibles no permiten ofertar prácticas decentes. Aquellas en las que la ratio profesor/alumno es tan baja que hace del todo punto imposible la aplicación del modelo de enseñanza tutorado que plantea el EEES. Por el contrario, existen titulaciones en las que la ratio profesor/alumno es elevada, tan elevada, que existen presiones políticas para que se corrija esta situación. Aunque se diga lo contrario, uno de los objetivos del plan de prejubilaciones del rector Juan Vázquez es amortizar un porcentaje significativo de las plazas de profesorado.

Esta Universidad necesita un rector con visión de conjunto, que sepa aplicar en cada campus las medidas adecuadas; alguien que sea capaz de negociar con el Principado una política de inversiones ambiciosa; alguien que diga en voz alta que en determinadas titulaciones habrá que bajar los númerus clausus para reducir el tamaño de los grupos. Y, al mismo tiempo, alguien capaz de defender que los grupos pequeños y las titulaciones con pocos matriculados son, precisamente, aquellas en las que la adaptación a Bolonia será más sencilla; aquellas en las que (de mantenerse las actuales ratios profesor/alumno) resultará más fácil impartir una docencia de calidad, porque no sobra ningún profesor. Ésta es una de las cuestiones que están en juego en estas elecciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ingredientes para un guiso:

El pasado día 15, "Angel" planteó la siguiente pregunta a los candidatos:
Estimado candidato:
Me gustaría plantearle una situación que crea cierto desasosiego entre bastantes compañeros para conocer su opinión. Reconozco mi intención de plantearla a todos los candidatos, y probablemente condicione en buena medida mi decisión final.
No es un secreto que en los últimos años la preparación de los alumnos que llegan a la Universidad es, cuando menos, sensiblemente inferior a la de años atrás. No quisiera caer en comparaciones entre sistemas educativos, simplemente considero que es un hecho cuyas causas no nos atañen directamente. En todo caso, y siguiendo un razonamiento estrictamente pedagógico, como profesores deberíamos interpretar que el perfil de ingreso de los estudiantes es diferente. Dado que en algunas titulaciones, por ejemplo en las ingenierías, que son las que conozco, el título otorga una serie de atribuciones profesional establecidas por la ley (y supongo que en todas las titulaciones existe un perfil de salida definido), la lógica parece indicar que el perfil de salida debería ser inmutable, de forma que es el proceso educativo el que debe ser objeto de modificaciones para transformar el nuevo perfil de ingreso en el de salida. Hasta aquí deberíamos estar de acuerdo todos, aunque lamentablemente existan casos en que los profesores se nieguen a modificar su “proceso” achacando toda la responsabilidad a la enseñanza secundaria. Consideremos estos últimos casos como excepciones, pero, aún manteniéndolos al margen, la adaptación del proceso educativo a la nueva situación es un proceso necesariamente lento. ¿Quién paga tradicionalmente el tiempo de adaptación? Los alumnos de primer curso, que chocan con una Universidad que espera recibir un tipo de alumno diferente del que recibe. Así, siempre hemos oído decir que el primer curso representaba una especia de “criba”, de forma que accediesen a segundo aquellos alumnos que ya se iban pareciendo a aquello que se esperaba encontrar en un segundo curso de una enseñanza universitaria.
Aquí es donde llega el problema. La Universidad se encuentra inmersa en una sociedad que presiona para que sus hijos no sufran del temido fracaso escolar, los medios de comunicación engrandecen casos sonados, como el nunca suficientemente esclarecido caso de la famosa biofísica… Y comienzan a aparecer medidas del rendimiento académico basadas en porcentajes de aprobados, con listados de asignaturas y profesores señalados en color rojo cuando no cumplen con ciertos criterios. Los profesores, humanos y generalmente sin ganas de problemas, tienen dos vías de actuación: la primera es realizar un esfuerzo por corregir esas “deficiencias” de formación de los alumnos, pidiendo a éstos un esfuerzo, realizando un trabajo exhaustivo, de forma que, curso tras curso, con un esfuerzo de todos, el alumno consiga un título muy merecido, fruto de su esfuerzo y del de sus profesores; y la segunda, más fácil, es reducir el esfuerzo en lugar de aumentarlo, con la indeseada consecuencia de que los alumnos avanzan curso sin apenas haber avanzado nada en su formación. Obviamente, la primera vía es la que una Universidad que se precie debe considerar como la única posible para no caer en la mediocridad, nadie podría negar esto. Pero el agua siempre fluye por el camino con menos obstáculos, y el problema pasa de curso. Ahora son los profesores de segundo los que aparecen en los listados en color rojo. Año tras año la situación se polariza y encontramos profesores en rojo mezclados con sospechosos porcentajes del cien por cien de aprobados en asignaturas troncales de contenidos técnicos por los que nadie se interesa y que son considerados un éxito.
¿Qué será de nuestros egresados si esto sigue así?
Lógicamente, el panorama real no es tan dramático como lo he expresado en estas líneas, pero se acerca peligrosamente en algunas titulaciones. Me consta, aunque afortunadamente yo aún no tengo el problema, que algunos compañeros se están planteando aumentar sus procentajes de aprobados artificialmente, y que todavía no lo han hecho porque consideran inmoral abrir la puerta de salida a alumnos que no reúnen un mínimo, no ya de sus asignaturas, sino de conocimientos básicos que deberían venir ya de la secundaria.
Le agradecería que comentase en este foro su opinión sobre esta situación que ignoro si usted conoce, pero que fluye por los pasillos, al menos de las Escuelas de ingeniería, y si prevé alguna medida para fomentar una calidad docente no basada en porcentajes de aprobados y listas de colores, sino en la transmisión real del conocimiento.
Le ruego que disculpe la extensión de esta exposición y le agradezco el tiempo que ha dedicado a ella.
Autor: Angel
15/02/08

He aquí las respuestas, por orden cronológico:

1. Santos González
Muchas gracias por su escrito y por su reflexión.Además de ofrecerme para cambiar impresiones personalmente con Vd. cuando le sea posible (el haber sido vicerrector de estudiantes estos años me permite conocer bien esta situación), le comento ahora lo siguiente: Estoy totalmente de acuerdo en lo importante que debe ser en la fomación el perfil de salida del estudiante para su integración en el mercado laboral.El EEES,con grupos reducidos,tutoría permanente y evaluación continua estoy convencido de que permitirá encauzar esta situación en los términos por los que Vd. apuesta.
Autor: Santos González, El Candidato 16.02.2008




2. Paz Andrés
Sobre el fracaso escolar en la Universidad y los “listados en color rojo”
Febrero 17, 2008 by pazandres
Respuesta a “Anónimo”
Estimado amigo:
Conozco la cuestión que plantea porque ocurre en mayor o menor medida en la mayoría de las titulaciones y sé de profesores/as que se han visto afectados por las medidas puestas en marcha por los Vicerrectorados que vienen interviniendo en el tema (Calidad, Ordenación Académica y Profesorado, Estudiantes).
Comienzo a exponerle mi opinión aceptando como premisa su afirmación de que “en los últimos años la preparación de los alumnos que llegan a la Universidad es, cuando menos, sensiblemente inferior a la de años atrás”. Conviene apuntar que no todo el mundo está de acuerdo con ella pero esto sería objeto de un debate diferente al que usted plantea en su comentario. Partamos pues de que estamos ante “un hecho cuyas causas no nos atañen directamente”, aunque la Universidad sí puede cooperar a detectarlas.
En su planteamiento, hay otra afirmación que me parece susceptible de matización: la de que “el perfil de salida debería ser inmutable”, porque creo que el nivel de conocimientos para el ejercicio de una determinada profesión y hasta la propia configuración de ésta evolucionan al compás de los cambios económicos y sociales del medio en el que se va a desarrollar. Pero convengo como segunda premisa en que siempre hay un núcleo invariable de conocimientos que es necesario transmitir a los estudiantes.
Y añado una tercera: que parece razonable que la Universidad establezca un sistema para valorar la eficacia en la transmisión de conocimientos. Lo que nos lleva a valorar la bondad del sistema concreto.
Como usted señala, el actual rectorado ha enfocado el control del fracaso escolar universitario mediante la confección de unas estadísticas por asignatura donde se reflejan el número de suspensos en relación con el número de alumnos matriculados, el número de convocatorias que un alumno necesitó para aprobar y el porcentaje de “embolsamiento”, que tiene que ver con el número de repetidores. Todo ello combinado con los resultados de las encuestas generales de los alumnos, en concreto de la pregunta 14 (relativa al grado de satisfacción global con el trabajo del profesor/a). Como resultado del proceso, se confeccionó una lista de cerca de 40 asignaturas en las que aparecen profesores “listados en color rojo”, como usted dice. La solución adoptado por el rectorado para rebajar esas listas consistió en reuniones de los Vicerrectores antes citados con los directores de departamento, posteriores reuniones incluyendo a los profesores/as implicados y solicitud a éstos de un plan de mejora que en realidad se reducía a un escrito con medidas a tomar por parte del profesor/a. En el curso siguiente, se produjo una nueva confección de listados en combinación con la pregunta 14 de la encuesta general para comprobar si la situación había mejorado.
Me consta que como resultado de este proceso se produjeron situaciones paradójicas, pues hubo profesores/as con gran dedicación a la docencia y compromiso con los estudiantes que se vieron incluidos en las listas mientras que otros profesores con mucho menor interés por su trabajo no estuvieron afectados. Por otro lado, todo el proceso tuvo bastante eco en la prensa.
Cabe cuestionar la validez de los indicadores utilizados por varias razones. En primer lugar, porque alertan sólo de los suspensos y no de los casos de porcentajes altísimos de aprobados, en ocasiones del 100%, que coincido con usted en que pueden ser tachados de “sospechosos”. En segundo lugar, porque parece que no se han tenido en cuenta otros criterios que a mi juicio son relevantes, como la consideración del nivel de asistencia a las clases o los porcentajes de presentación a las pruebas de evaluación.
En la práctica, el mecanismo utilizado ha causado humillación a profesores comprometidos con la docencia, que se han sentido en la picota (el “caso de la famosa biofísica” que usted recuerda, aunque no procede de este sistema, es un lamentable ejemplo). Además, puede tener el indeseable efecto rebote de que algunos se planteen “aumentar sus porcentajes de aprobados artificialmente”, no es eficaz porque no va a las causas del problema y es poco constructivo.
Siendo ésta mi valoración del sistema actual, paso a comentarle mi punto de vista. La determinación del nivel de exigencia es una tarea compleja en la que deben intervenir varios actores. En primer lugar, desde luego, el propio profesor/a, si bien éste/a ha de ejercer una auto-restricción que evite la consideración de su asignatura en toda su extensión y profundidad como la más importante de la titulación, pues esto a veces sucede. Invocando mi propia experiencia, le confieso que algunos aspectos de las asignaturas que imparto en la licenciatura, que hace años me parecían imprescindibles, ahora considero que no son necesarios para ese grado. La determinación del nivel de conocimientos requiere un contraste y una ponderación a la luz del contenido de la titulación en su conjunto, lo que legitima la participación del Centro y del Departamento en esta tarea. En este sentido, conviene apuntar que el diseño de las nuevas titulaciones y planes de estudio para el Espacio Europeo ofrece una oportunidad para ponderar de nuevo el peso de los conocimientos que el estudiante deberá acreditar para obtener el grado correspondiente.
Partiendo de lo anterior, las razones del fracaso escolar universitario son muy diversas. Unas son generales, otras dependen de la titulación que se considere, otras están relacionadas con los cambios en el sistema educativo (enseñanza secundaria, planes de estudios mal diseñados…), algunas tienen su razón en las dotaciones materiales, otras tienen que ver con la actitud de los alumnos y seguramente las menos están en manos de los profesores. El diagnóstico de los problemas y la búsqueda de las soluciones deben tener en cuenta todos estos factores y requieren la promoción de medidas consensuadas con el profesorado junto con la aportación de recursos materiales (aulas, laboratorios, medios tecnológicos para la transmisión del conocimiento…), humanos (profesorado de apoyo en los casos pertinentes, PAS adscrito al apoyo docente…), estrategias de cooperación docente (por ejemplo, creación de bases de datos de conocimiento que permitan la reutilización de recursos de aprendizaje), evaluación de las necesidades en relación con los grupos de alumnos para formación teórica y práctica etc. En definitiva, son necesarios auténticos planes de mejora, que como los expertos indican, son instrumentos al servicio del aseguramiento de la calidad. Me refiero a planes de mejora que contemplen todos los factores e impliquen a todos los actores. Centrarse exclusivamente en el profesor/a, de la forma como se viene haciendo, es lo más fácil pero en la mayoría de los casos puede ser injusto, ineficaz e incluso demagógico.
Yo sí que tengo que pedirle que disculpe la extensión de esta exposición. Pero el tema planteado es muy importante y requiere un análisis reposado. Usted advierte lealmente que se lo va a plantear a todos los candidatos y que probablemente condicione su decisión final. Con la misma sinceridad yo le respondo y me someto a su valoración. Sólo me resta añadir que seguramente la entidad de la cuestión aconseja no sólo un análisis individual sino también un intercambio de opiniones. Quedo a su disposición para ello si lo estima oportuno.
Muchas gracias por su constructiva participación.


3. Vicente Gotor
En primer lugar, quería agradecerle no sólo el tono, sino fundamentalmente la profundidad de su reflexión. Creo sinceramente que, si las personas como usted estuvieran motivadas para participar en los debates públicos acerca de los problemas con los que conviven cotidianamente, dispondríamos de una sociedad y de una universidad mucho mejor. Entiendo, no obstante, como usted también sugiere en su intervención, que el entorno institucional no ofrece incentivo alguno para ello. Si le sirve de consuelo, no se preocupe, no es un problema que fundamentalmente se padezca en las escuelas técnicas, sino un problema general.
Para evitar suspicacias, vamos simplemente a referirnos al último Informe Pisa. Si recuerda, se alertaba sobre la situación que padece el alumnado en España, no principalmente en ciencias y matemáticas, sino de manera fundamental en disciplinas de las tradicionalmente denominadas Letras. Es más, dicho informe no sólo valora conocimientos, sino también habilidades del alumnado, y es aquí donde encuentra los principales problemas, al señalar que al alumno español medio le resulta difícil extraer conclusiones y analizar críticamente lo que acaba de leer en un texto.

Estamos, por lo tanto, ante un doble problema. Parece que nuestro sistema educativo tiene dificultades en cuanto a transmisión de conocimientos. No obstante, tampoco se han superado otros problemas de carácter secular que la educación española ha venido padeciendo desde siempre. Estos últimos problemas afectan incluso al prisma con que se contempla el mundo. Volvamos por un momento al informe Pisa. Si se aceptan esas dificultades para la comprensión y el análisis crítico, desde la educación debiera considerarse que ese no es un ‘problema de la asignatura de Lengua’, sino de todas las demás. Supongo que un ingeniero que se expresa como usted compartirá esta postura. Debemos de empezar a considerar, por el bien del alumnado y de la sociedad que liderarán en unos años, que esos compartimentos estancos que se crean son inexistentes en la realidad y que, en consecuencia, el suspenso en Lengua es, en definitiva, un SUSPENSO EN UN SISTEMA EDUCATIVO, que arrastraba problemas seculares, a los cuales las últimas décadas han añadido otros de raíz heterogénea.
Lo que ocurre es que las anteriores son tan sólo reflexiones que los universitarios estamos obligados a hacernos en nuestro desempeño profesional, pero que no solucionan el problema de la calidad universitaria. El actual equipo de gobierno de la Universidad lo ha abordado de una forma fácil, no han necesitado tomarse tiempo ni discutir. Usted hace referencia al mecanismo utilizado. Para ellos simplemente se trata de un problema de definición del término calidad. En consecuencia, este equipo de gobierno ha decidido medir el resultado académico basándose en el porcentaje de aprobados. Supongo que habrán pensado, al igual que usted, que el profesor universitario puede cansarse de ser un héroe y pensar que, si a la institución es esto todo lo que le interesa el tema de la calidad, él bien poco puede hacer, a no ser dejar de plantearse problemas. No quisiera ser suspicaz y pensar que quizá ese haya sido el objetivo último de los creadores de las nuevas medidas de rendimiento, felicitándose por anticipado de la mejora que iban a experimentar las estadísticas de calidad de la Universidad de Oviedo cuando lleguen a las instituciones y a los medios de comunicación, si se considera, por añadidura, que cuando los actuales alumnos se conviertan en profesionales, serán otros los que conformen el equipo de gobierno y, por lo tanto, las personas a las que se pidan cuentas. Pienso que no debe de ser este el objetivo, me resisto a creerlo de un universitario, si bien estas pudieran ser las consecuencias últimas de unos indicadores, en todo caso, sometidos a sospecha.
Si la comunidad universitaria me da su apoyo, no le puedo prometer ser más rápido que el actual equipo de gobierno. Es más, no voy a serlo. Quiero que, antes de nada, todos los colectivos afectados reflexionen y aporten sus ideas. Lo que sí puedo prometerle es que las medidas que adopte serán más radicales, en su sentido más puro, es decir que afectarán más a la raíz de los problemas y menos al maquillaje externo. Es mi manera de ser.

Debemos de tomar, en todo caso, factores tales como la situación de llegada del alumnado, los valores de la sociedad en el sentido de evitar ‘sufrimientos innecesarios por fracaso escolar’ o el engrandecimiento de sucesos aislados por parte de los medios de comunicación como la esencia de un entorno que nos viene dado y que somos incapaces de modificar. A continuación, la clave es la siguiente: visto este panorama, ¿cómo debemos actuar? Creo que los alumnos de primero nunca deben formar parte de una ‘criba’. Creo que nuestro objetivo como universitarios es lograr los mejores profesionales que, a la vez, sean personas que contribuyan al bienestar de la sociedad en que se desenvuelven. Dicho esto, las acciones deben ir encaminadas a dotar a los alumnos de la formación de salida que necesiten (pensando también que esta debe ir modificándose cualitativamente a medida que la sociedad vaya demandando cambios, aunque nunca hacia un menor nivel). A esto debe añadirse una segunda cuestión: no debemos hablar sólo de conocimientos, sino también, y no de forma menos importante, de habilidades.

Considerado todo ello, una de las propuestas de mi programa es la dotación de infraestructuras materiales y humanas imprescindibles, que no serían más que un punto de partida en un proceso de mejora de la calidad REAL de los resultados del alumnado universitario. El Espacio Europeo de Educación Superior nos ofrecerá una oportunidad adicional, al inducir el seguimiento personalizado del alumnado. No obstante, estas medias deberán complementarse con otras que faciliten al alumno afrontar su etapa de estudiante universitario.

Es necesario que el alumno tenga un conocimiento preciso, y haya tenido un contacto REAL con el entorno docente e investigador de la universidad, en el momento de su integración en el sistema universitario.

Para ello fomentaré planes de inmersión docente, mas alla de la oferta de 'Cursos Cero', e investigadora de los alumnos de enseñanza secundaria que pretendan seguir una titulación universitaria.

En definitiva, cualquier programa de mejora de la calidad de la docencia universitaria debe incluir una serie de condiciones: a) reflexión sosegada y profunda (quizá el informe Pisa para universitarios que parece estar en proceso nos ayude a identificar los problemas fundamentales) y b) medidas radicales y vinculadas no sólo a acumular conocimientos, sino a mejorar la capacidad del alumno para evaluar la realidad.

Quedo a su diposición para debatir acerca de medidas mas concretas que de podrían aplicar, si lo considera oportuno, reiterandole mi agradecimiento por la participación en este foro.
19 de febrero de 2008 18:29

Anónimo dijo...

Es un buen ejemplo de la diferencia existente entre los candidatos. Creo que la elección se limita a escoger entre Paz Andrés y Vicente Gotor. Santos es un caso perdido y lo de Antonio Cueto es un fenómeno paranormal.